lunes, 25 de agosto de 2025

Venezuela y el corolario Trump (1ra parte)



Por Luis Salas Rodríguez para La Nueva Normalidad

Nota previa: ¿Es inevitable una acción militar del gobierno norteamericano contra Venezuela? En sentido estricto, y al menos que uno cuente con información clasificada (que no es mi caso), se necesitan dotes de adivinación para responder a esta pregunta. Pero en sentido amplio la respuesta luce mucho más clara. 

Y es que más allá de los movimientos de tropas reales o no, hay una variable importante a considerar: y es que Trump tiene y es cabeza visible de un plan, plan que no pasa por luchar contra el narcotráfico o restaurar la democracia.

Como se ha dicho, ambas "razones" son la versión para Venezuela de las armas de destrucción masiva iraquíes o las nucleares iraníes, restos de una propaganda cada vez menos necesaria y cada vez menos creíble en un mundo donde la legalidad internacional está suspendida de facto.

Y tampoco, por cierto, es un plan que se limite a Venezuela. El problema es que Venezuela está atravesada en el avance de dicho plan en lo que a Latinoamérica refiere y por eso todos los cañones políticos y al parecer ahora los militares se orientan hacia ella.

Lo que de suyo no es nuevo, ciertamente, pero el punto acá además de la escalada es que de caer Venezuela la onda expansiva abarcaría a toda la región en un proceso de balcanización que es lo que aquí llamamos el globalistán.

Dicho en resumen, el globalistán es el nuevo (des)orden mundial postglobalización como respuesta a las contradicciones, costos y amenazas que para la hegemonía norteamericana implicaba el mundo globalizado tal y como lo conocimos a partir de los años 80. Y para la instalación del globalistán ha sido necesario un ajuste o repotenciación de la Doctrina Monroe, donde no solo Latinoamérica es concebida como el Lebensraum y patio trasero de los Estados Unidos, sino que es el mundo entero el que pasa a ser concebido de dicha manera. 

Es a ese ajuste a lo que aquí denominamos el Corolario Trump, ajuste a partir del cual donde antes decía "América para los (norte)americanos" ahora debe leerse: "El planeta entero para los (norte)americanos", 

E inclusive el espacio exterior, a tenor por lo expuesto por Trump en el acto de investidura de este su segundo mandato a comienzos de este año cuando revivió aquello de El Destino Manifiesto.

Así las cosas, los reciente movimientos de acoso del gobierno norteamericano contra Venezuela, más allá de los corazones u opiniones de cada quien y las particularidades del caso, hay que leerlo sobre este marco, lo que entre otras cosas significa que al igual que lo que ocurre en Palestina, no se trata un problema que incumba solo a las venezolanas y a los venezolanos, sino a toda Latinoamérica y El Caribe y en general a toda la humanidad sensata.

Cómo llegamos a este punto donde entre otras cosas para los Estados Unidos ya no existen socio sino enteramente lacayos es lo que procuraremos narrar en lo que sigue. 

 

La Doctrina Monroe: los orígenes.  

El quid de la Doctrina Monroe formulada por el presidente estadounidense James Monroe el 2 de diciembre de 1823, es la noción implícita de Lebensraum, espacio vital, sin embargo acuñada como tal unas décadas más tarde por el geógrafo alemán Friedrich Ratzel y aplicada como política por los nazis.


Lo que esto significa es que, aunque no se le denominara tal cual, la noción de “espacio vital” es lo que se encuentra detrás de aquello de “América para los americanos”, como claramente entendió Simón Bolívar en el marco del Congreso Anfictiónico de Panamá en 1826.


Es decir, la idea no era garantizar que los europeos y otras potencias no intervinieran en el continente americano a fin de respetar la soberanía y autodeterminación de los pueblos, sino garantizar que no lo hicieran en razón de que no invadieran el espacio vital de la entonces naciente potencia norteamericana. 


El término Lebensraum desarrollado como teoría, supone que todas las especies, incluyendo la humana, están determinadas por su adaptación a las circunstancias geográficas. En este sentido, Ratzel consideraba la migración de las especies como un factor crucial en la adaptación social y el cambio cultural, en la medida que las especies que se adaptaban con éxito a un lugar tenderán  naturalmente a expandirse hacia otros. De hecho, argumentó que, para mantenerse saludables, las especies deben expandir continuamente el espacio que ocupan, ya que la migración es una característica natural de todas las especies, una expresión de su necesidad de espacio vital. Este proceso también aplica a los humanos, que operan colectivamente en forma de pueblos (völker). Ahora bien, cuando este proceso ocurre y en la medida en que la expansión se hace sobre territorios no despoblados, entonces pasa que necesariamente un pueblo (völk) conquista a los que se encuentra en su camino, lo que implica subordinarlos, asimilarlos, exterminarlos o una mezcla de todo lo anterior.


Es de por sí lo que por siglos habían hecho muchos imperios, incluyendo el romano y los españoles en Latinoamérica.


A la par de ello, siempre según Ratzel, la nación conquistadora avanza colonizando el nuevo territorio, entendiendo por tal el establecimiento de enclaves de colonos, enclaves que convertidos en avanzada es la mejor manera de asegurar y en la medida de lo posible hacer irreversible la conquista. 


En el momento en que Monroe formula la doctrina que llevará su nombre, los Estados Unidos no tenían el poder suficiente para competir con las otras potencias a efectos del control de todo el continente americano, si bien habían derrotado a los ingleses en su propia guerra de independencia. Pero eso no evitó que poco a poco fueran expandiendo y asegurando su “especio vital”: en 1846 invaden México y la despojan de la mitad de su territorio, en el marco de su estrategia de expandirse hacia el sur y el Pacífico, lo que en paralelo también supuso la conquista, desplazamiento y exterminio de los pueblos aborígenes norteamericanos en la tristemente célebre conquista del oeste. 


Años después se harían con Puerto Rico y se inventarían Panamá, donde los franceses tenían el proyecto de construir un canal. Es lo que se conoce como “el corolario Hayes”, en alusión al presidente norteamericano Rutherford Hayes, quien en 1880, siguiendo el razonamiento según el cual Caribe y Centroamérica formaban parte de la “esfera de influencia exclusiva” de los Estados Unidos, estableció el control absoluto de éste “sobre cualquier canal interoceánico que se construyese para evitar la injerencia de imperialismos extra continentales en América”. En base a ese principio apoyaron al separatismo panameño y se hicieron con el proyecto de construcción del canal bajo su control y mando. Lo que no solo garantizó que no lo hicieran otras potencias foráneas (Francia o Inglaterra), sino que sepultó las pretensiones bolivarianas que dieron origen a la Gran Colombia, pretensiones ya heridas de muerte tras la separación de Venezuela y Ecuador en 1830, mismo año de la muerte de Bolívar.


Y es que ampliar y asegurar el espacio vital también pasa por eso: tanto evitar te lo invadan potencias foráneas como que surja alguna a lo interno del mismo.


El Destino Manifiesto: su complemento. 

Valga destacar que no es un dato menor que la formulación histórica de la Doctrina Monroe y sus corolarios como desarrollo de la visión de Latinoamérica y El Caribe como Lebensraum  de los Estados Unidos coincide –y no por casualidad- con el de la Doctrina del Destino Manifiesto. Lo que entre otras cosas no solo explica la manera como desde el norte miran para el sur, sino la afinidad y simetría histórica entre Estados Unidos e Israel.


A este respecto, recuérdese que el mito fundacional norteamericano es básicamente el mismo que el sionista: según la mitología de fanatismo religioso que les da origen a ambos proyectos colonizadores, se trata de pueblos “elegidos por Dios” que, perseguidos, cruzaron el mar (el Rojo en el caso de Israel, el Atlántico en el caso de los peregrinos ingleses que fundaron los Estados Unidos) buscando una “Tierra Prometida” que en ambos caso estaba ya ocupada por nativos, muchos de los cuales, en un primer momento, los recibieron sin oponer resistencia y, de hecho, evitaron se murieran de hambre, como atestigua el tergiversado mito del Día de Acción de Gracias. Como sabemos, esto no evitó que luego esos mismos colonos los desplazaran y exterminaran, de la misma manera como los israelíes están haciendo en Palestina y el Medio Oriente en general, pues al ser “los pueblos elegidos de dios” se abrogan ese derecho.


Como lo dijo expresamente John L. O'Sullivan, quien acuñó la expresión de Destino Manifiesto en 1845: “El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino.”


El día de su investidura para este segundo mandato, Donald Trump literalmente revivió la doctrina del Destino Manifiesto aunque agregando un corolario: "llevarlo hasta las estrellas, con el establecimiento de colonias en Marte por parte de astronautas que plantarán la bandera de la barra y estrellas". Suena a palabrería, pero tras ello existe el convencimiento de un nuevo ajuste en la tuerca de los Estados Unidos en cuanto Imperio que, naturalmente, antes de colonizar el espacio extraterrestre debe asegurarse primero el control del espacio terrícola, ya que en buena medida es una condición de posibilidad. Ya hemos hablado aquí antes sobre eso (por ejemplo acá y acá) y sus implicaciones. Pero es necesario seguir haciéndolo en este caso a propósito de la agudización del acoso contra Venezuela.    

jueves, 21 de agosto de 2025

La increíble (pero verídica) historia del Cartel de las Barras y las Estrellas.



Por: Luis Salas Rodríguez. 

En estos días, al calor de las movilizaciones militares y políticas del gobierno de Donald Trump contra países latinoamericanos bajo la excusa de la lucha contra el narcotráfico, ha salido a relucir el Fuerte Bragg.


Ubicado en Carolina del Norte, se trata de un ícono de las fuerzas armadas estadounidense. No solo es la base militar más grande dicho país y una de las más grandes del mundo sino también sede de varias de sus unidades y cuerpos más emblemáticos, como las fuerzas especiales Delta, los Boinas Verdes, la 82.ª División Aerotransportada y el Centro de Operaciones Psicológicas del Ejército.


Otra célebre instancia con sede en Fort Bragg es la infame Escuela de las Américas, a donde se le trasladó tras su salida de Panamá. 


Recientemente, unidades de Fuerte Bragg fueron desplegadas al sur de los Estados Unidos en operaciones para la detección y captura de inmigrantes ilegales


Y ahora, según diversos medios y voceros, es uno de los puntos neurálgicos de las operaciones a emprender contra -siempre según dichos medios y voceros- los carteles de la droga en el Caribe y Suramérica. 


Pero antes de entrar en esto último no podemos dejar pasar por alto la historia del Fuerte Bragg. O, para ser más específicos, de su nombre.  


Aunque en sentido estricto en cuanto emplazamiento militar existe desde el siglo XIX, el nombre de Fuerte Bragg le fue dado durante su reapertura en el marco de la primera guerra mundial en homenaje a Braxton Bragg, un esclavista y supremacista blanco que peleó junto al bando confederado alcanzando el rango de Coronel. El fuerte llevó ese nombre hasta 2021, cuando tras la muerte en 2020 del afroamericano George Floyd a manos de la policía, las protestas obligaron a reevaluar los lugares que llevaban nombres de miembros de la Confederación. El cambio fue ordenado por el Congreso en 2021, denominándosele a partir de entonces Fort Liberty.


Nombre que mantuvo hasta febrero de este año, cuando fue cambiado por instancia del nuevo Secretario de Defensa Peter Hegseth de nuevo a Fuerte Bragg. 


Recuperar el nombre original fue literalmente un propósito de Hegseth desde su primer día en el cargo. "Deberíamos volver a cambiarlo, porque el legado importa", dijo en una entrevista. "Mi tío sirvió en Bragg. Yo serví en Bragg. Rompe un vínculo generacional". 


Sin embargo, dicho propósito chocaba con un problema: la ley de 2021, que, como dijimos, prohibía los nombres de supremacistas blancos confederados para las instalaciones militares. Así las cosas, la vuelta que le dieron fue renombrarlo Bragg pero ya no en alusión a Braxton Bragg sino a Roland L. Bragg, un desconocido soldado nativo de la zona que prestó en la Segunda Guerra Mundial. Roland L. Bragg recibió una medalla al mérito por sus acciones de valentía durante dicha guerra, pero todo el mundo estaba claro que, en realidad, no era en su nombre que se renombró la base. De haberse apellidado Smith, Porter o cualquier otro no habría tenido el honor: su suerte fue llevar el apellido Bragg y, vacío legal mediante, servir de interpuesta persona para llamar al fuerte de nuevo Bragg en honor a Braxton Bragg –con el cual no mantenía ningún vínculo de sangre- sin infringir la ley. 


Al momento de firmar la orden Hegseth lo dejó claro: "el fuerte Bragg está de vuelta".


Ahora, ¿tiene algo que ver todo esto con la ofensiva de Trump contra Venezuela? 


En realidad nada y mucho. Nada porque en sentido estricto una cosa no tiene que ver con la otra. Pero mucho porque la historia reitera las ironías y no poco cinismo detrás de la narrativa del Cartel de los Soles. 


Y es que recientemente, un libro del periodista Seth Harp de la Revista The Rolling Stone, titulado  The Fort Bragg Cartel: Drug Trafficking and Murder in the Special Forces, revela cómo las fuerzas especiales más secretas y de élite del ejército norteamericano están muy involucradas en el narcotráfico. 


El libro también analiza cómo la intervención militar estadounidense a menudo estimula la producción de drogas, incluso en Afganistán, que se convirtió en el mayor narcoestado del mundo durante los 20 años de ocupación estadounidense, siendo que la mayor parte del narcotráfico y la producción de drogas lo llevaban a cabo caudillos, jefes de policía, comandantes de milicias, que estaban en la nómina de Estados Unidos en una estructura corrupta.


Lo que esto significa es que mientras en la superficie de las narrativas dominantes Fort Bragg se muestra como base de operaciones en la lucha contra el narcotráfico, por debajo, en realidad real, es una base de operaciones del narcotráfico en los Estados Unidos.


Recordemos, por ejemplo, que en dicho fuerte se formó el sanguinario Cartel de los Zetas, originalmente un grupo comando de la marina mexicana creado para el combate al narcotráfico y que a las primeras de cambio desertó para convertirse en Cartel.


Y con dicho fuerte tuvo vinculación Barry Seal, el célebre aviador al servicio de la CIA para el transporte ilegal de armas a la contra nicaragüense quien una vez que las dejaba regresaba a los Estados Unidos cargado con drogas del Cartel de Medellín, todo bajo el conocimiento de los servicios secretos y alto gobierno norteamericanos. Incluso hay una película protagonizada por Tom Cruise American Made que cuenta su historia.


Otro vinculado con Fort Bragg fue Frank Lucas, traficante acusado de introducir e inundar las calles de Nueva York con heroína proveniente de Laos y Camboya durante los 60 y 70 del siglo pasado, heroína transportada en aviones militares  dentro de las bolsas con los cadáveres de soldados norteamericanos muertos en Vietnam. Fort Bragg era un de los sitios dónde aterrizaban. También hay una película que cuenta esa historia, en este caso protagonizada por Denzel Washington American Ganster


En fin, no habrá evidencia de la existencia del Cartel de los Soles, pero sí mucha de la existencia de uno con Barras y Estrellas. 


miércoles, 20 de agosto de 2025

¿Es inminente una acción militar del gobierno norteamericano contra Venezuela?




En sentido estricto, este suele ser el tipo de cosas de las que no se puede estar seguro hasta que pasan, de tal modo que todo lo que la mayoría diga al respecto es especulativo en grado sumo, por lo general manifestaciones de deseo en una u otra dirección.


Ahora, hay cuestiones, hechos y situaciones que permiten determinar cuál opción es más probable. 


Desde este punto de vista, no es correcto interpretar los movimientos norteamericanos como un fake, como una cortina de humo dirigida a distraer la atención de su crisis interna, que es la hipótesis que manejan algunos influencers y analistas de redes. Una cosa es que lo del cartel de los soles sea un fake, e inclusive, que el gobierno norteamericano tenga la necesidad de desviar la atención con respecto a otros asuntos. Pero el problema con esta hipótesis es que subestima la envergadura del problema.


Así las cosas, más que un fake ante lo que estamos es ante el armado o reimpulso de una narrativa muy peligrosa que pasa por acentuar el carácter de “amenaza inusual y extraordinaria” con el cual  el gobierno de Obama en 2015 catalogó a Venezuela en 2015. Narrativa que busca justificar ex-ante cualquier acción agresiva contra el país, entre otras cosas, sin pasar por la burocracia de ser aprobada por el Congreso norteamericano, como dictan las leyes gringas. 


Se trata de una narrativa que viene siendo construida meticulosamente con la colaboración pública, notoria y comunicacional del sector más extremista de la oposición venezolana. Narrativa que con el retorno de Trump a la Casa Blanca sufrió un giro argumentativo importante, dentro el cual la migración venezolana pasó de ser una población victimizada y por tanto necesitada de atención, a una población estigmatizada y por tanto objeto de persecución.


Todos lo hemos visto: hasta no hace mucho, a los ojos de las corrientes hegemónicas los migrantes eran víctimas del “régimen” chavista. Ahora, en la nueva trama armada por el Departamento de Estado y sus cómplices nacionales, son algo así como sus agentes infiltrados que ya no tendrían como propósito “escapar del régimen” sino agredir en su nombre a los Estados Unidos. La guinda es lo del cartel de los soles: Venezuela no solo inunda a los Estados Unidos de gente peligrosa que sigue órdenes de Maduro, sino también de drogas. 


Desde luego que nada de esto es cierto, que no solo carece totalmente de evidencia que lo respalde sino que, de hecho, va en contra de cualquier mínima evidencia existente, como el que entre el 80 y 90 por ciento de la droga que entra a los Estados Unidos lo hace por el Pacífico, según los reportes oficiales de la ONU. También viola el sentido común: y es que cualquiera que lo piense un poco concluye sin mucho esfuerzo, que más haría el gobierno norteamericano desplegando tropas y toda su tecnología de rastreo post 11 de septiembre en sus fronteras para evitar que la droga ingrese, o hacerlo en sus ciudades para perseguir aquella que ya ingresó. Es lógica simple, no hay que ser un genio ni un analista súper dotado para saberlo.


El problema es que esta racionalidad basada en la lógica, el sentido común y la evidencia empíricamente comprobable, ya no aplica en esta era regida por la posverdad y en la que la ley del más fuerte ha venido sustituyendo a las normas más básicas. Lo vemos en Palestina y lo vimos hace un par de meses en Irán.  


Por eso la trama que se ha venido armando contra Venezuela más que un fake es una narrativa, o como se decía antes, una matriz de opinión montada sobre elementos falsos pero que, en su conjunto, buscan producir un efecto de verdad, que es la verdad del perpetrador: se lo hago porque se lo merece. Y en todo caso, si no se lo merece igual se lo hago porque puedo hacerlo. Es la lógica gansta propia del nuevo orden internacional post Trump, post Netanyahu y sus mini-yo periféricos y de orilla como Miley, Bukele y la eterna aspirante María Corina Machado.


Así las cosas, volviendo a la pregunta del principio y para no repetir el desliz iraní que un día se durmieron pensando que nada pasaría y casi fueron exterminados en una noche, en situaciones como estas aunque no sepamos lo que va a pasar, es mejor actuar pensando en el peor de los escenarios. 

A todas estas, un dato no menor es que los Estados Unidos en sentido estricto tampoco tiene necesidad de hacer un despliegue de esas magnitudes contra Venezuela, pues de facto Venezuela está rodeada por bases militares norteamericanas. Tal vez lo que buscan con el despliegue es desencadenar un incidente de bandera falsa tipo golfo de Tonkin, con lo que hay que tener mucho cuidado. En todo caso y por suerte, todo indica que el gobierno más allá de los influencers no está confiando que solo se trata de un fake.   


lunes, 28 de julio de 2025

¿Qué es el globalistán? (Trump y el globalistán 2da parte)



Nota previa: al momento de terminar estas líneas, se produjo una peligrosa escalada declarativa del gobierno norteamericano contra Venezuela, que involucra tanto al presidente Trump como al Secretario de Estado e incluso a la embajada para Venezuela, en momentos en que un avión espía de la marina de los Estados Unidos fue detectado en aguas venezolanas. Es obvio que entre idas y vueltas –algo muy propio del estilo Trump- se ha venido reforzando la atmósfera de Venezuela como “amenaza inusual y extraordinaria”, lo que en parte es el efecto simbólico y narrativo buscado con toda la trama del Tren de Aragua y el encarcelamiento de venezolanos en los campos de concentración de El Salvador. Ya sabemos que bajo el globalistan no hay aprobación del Congreso o de la ONU que valga para actuar contra un país y mucho menos límites. Estamos en momentos muy peligrosos y debemos estar preparados para cualquier cosa.  



Como planteamos en la primera parte de esta nota la globalización ya no existe. Lo que existe ahora es el globalistán. 


Al igual que la globalización el globalistán es un (des)orden global resultante de la manera de relacionarse la principal potencia planetaria (los Estados Unidos) con el resto del mundo. Pero lo fundamental aquí son las diferencias: 1) la globalización fue un proceso expansivo del capitalismo hasta volverse definitivamente planetario (global) teniendo a los Estados Unidos como potencia dominante y centro neurálgico. En cambio, el globalistán surge una vez que ese proceso expansivo se agota, en que el capitalismo ya dio la vuelta al globo -se globalizó- y geográficamente no tiene más sitio a donde ir. 


Pero además –y esto es lo segundo- el globalistán emerge justo cuando la supremacía norteamericana ya no es lo que era y nuevos centros la amenazan.


El globalistán, pues, es este nuevo estado de cosas pero también la respuesta norteamericana al mismo.


En efecto, visto en larga duración, es decir, desde el punto de vista histórico, la globalización es el cumplimiento de la profecía de Smith y Marx en cuanto a la conformación de un mercado mundial y el orden social capitalista. Sin embargo, aunque no fuera evidente en sus inicios y hasta no hace mucho, la globalización siempre supuso de entrada al menos dos problemas: 1) que la tendencia expansiva del capitalismo se acompaña con el auge y caída de una potencia que primero motoriza dicha expansión y luego termina devorada por ella, pasando a ocupar un lugar subordinado ante una nueva potencia emergente todo lo cual supone la ocurrencia de múltiples acontecimientos traumáticos (guerras, desastres, etc.). Y 2) que por definición, el capitalismo es un continuo proceso expansivo que de estancarse colapsa. 


La última gran transición capitalista fue la anglosajona, cuando tras dos guerras mundiales, muchas locales, una brutal crisis financiera global (1929), una pandemia ídem (1918), revoluciones nacionales, procesos descolonizadores varios, hambrunas, etc., terminó Inglaterra adoptando un rol subordinado ante su excolonia norteamericana. 


Fue, si se quiere, un mal menor, un “todo queda entre familia” ante el riesgo de hacerlo ante viejos rivales como Alemania y Francia, por no hablar de Japón o sucumbir ante una revolución a la manera soviética. Pero parte importante del problema ahora es que el centro dinámico capitalista salió de los márgenes del Atlántico Norte para trasladarse al lejano oriente, por lo que para los Estados Unidos adoptar un rol subordinado significaría hacerlo ante un otro no solo cultural y racialmente distinto (e inferior, desde el punto de vista supremacista anglosajón) sino además no tutelado militar ni financieramente. 


Cuando Japón y Alemania amenazaron la hegemonía norteamericana entre finales de los 70 y principios de los 80, la respuesta norteamericana fue el chantaje militar y el apriete financiero (los Acuerdos de Plaza). Y le funcionó. El problema es que el chantaje militar y el apriete financiero -que está volviendo a subyugar a Europa- contra China no es posible y el económico-financiero no es tan simple. La actual versión trumpista del apriete financiero son los aranceles y sanciones. Y ante la imposibilidad de amedrentar y subyugar militarmente a China (una potencia nuclear) la estrategia parece marchar en dos sentidos: 1) avanzar en una revolución tecnológico-industrial que le otorgue de nuevo la supremacía en este campo (el nuevo Proyecto Manhattan, basado en el desarrollo bélico de la IA).  Y 2) la lucha por las áreas de influencia de cada quien, lo que puede implicar asegurarse o arrebatar el control tanto como hacer inviable aquello que no se puede controlar o arrebatar. Siendo esto último lo que nos mete de lleno en el globalistán.


Volviendo al inicio, el atolladero histórico actual es que 1) el capitalismo ya no tiene geográficamente a dónde más expandirse, habida cuenta que ya se expandió por todo el planeta. Y 2) la actual administración norteamericana no solo se niega a ceder su privilegio como potencia, sino que se muestra resuelta a hacer todo lo que sea necesario para conservarlo. A todas estas, valga aclarar que la diferencia entre Trump y sus antecesores demócratas es de forma y velocidad más que sustancial, pues en el fondo no está haciendo nada distinto a lo que venían haciendo sus antecesores: solo lo hace más rápido y sin disimulos. 


Ante al primer atolladero las salidas son obvias: se abre la posibilidad de llevar el capitalismo a otras latitudes espaciales (Marte, etc.,), pero también de hacer por la vía de la intensificación todo aquello que no se puede por la vía de la expansión. La desregulación plena y absoluta de las relaciones laborales, de todas las normas comerciales, la precarización radical de las condiciones de vida, la captura de todo lo humano por lo digital y el correlativo desplazamiento de todo lo humano por lo digital entra en esta agenda. Nunca como ahora en la historia de la humanidad, ni en términos reales ni nominales, absolutos o relativos, se ha presentado de manera tan clara el que tantas personas –cientos de millones e incluso miles de millones- queden por fuera de toda posibilidad de valerse por sí mismas al perder sus medios de vida, volviéndose por tanto superfluas y por ende redundantes, sobrantes a los efectos de “el sistema”. El ritornelo libertario, la agenda “anti-woke” y el “se tu propio jefe” son las narrativas for dummys de este proceso.  


A la par, como ya mencionamos, los Estados Unidos y sus (nuevas y no tanto) élites se están asegurando para sí por la vía de la captura todo aquello que le sea rentable mientras se deshacen de todo lo que no: expulsan a los inmigrantes que no le son funcionales, dejan de financiar causas que no la representan nada e imponen condiciones leoninas a países y empresas para que negocien bajo sus términos. A efectos contables, es más que obvio que el problema con el gasto público en los Estados Unido no es de magnitudes sino de prioridades: cuando se trata de presupuesto para proteger minorías o garantizar derechos se sataniza, sin menoscabo que al mismo tiempo se destinen billones a financiar carreras espaciales y plataformas “inteligentes”.  


Desde el punto de vista financiero monetario, el último avatar en esta dirección es la aprobación de la Ley Genius con la cual se procura fundar un nuevo orden monetario basado en las criptomonedas ancladas sobre el dólar digital y controlado por los grandes emisores privados y la Reversa Federal, tema sobre el cual volveremos en otra ocasión.


La normalización de las guerras de exterminio como manera de gestión de las contradicciones y conflictos derivados de lo anterior es tal vez el signo más crudo del globalistan. En este sentido Gustavo Petro tiene toda la razón: quienes piensen que Gaza es solo un exceso israelí o u una excepción no están leyendo bien el problema. Más allá de las particularidades del caso, Gaza es un ensayo, un experimento y un punto de inicio, como en lo general lo es el Medio Oriente –Palestina, Irak, Libia, Siria, Irán- así como Libia y Sudan. Mientras todo eso pasa, Ecuador se convierte en una cabeza de playa para balcanizar Suramérica, plan que se extiende hasta México con los carteles, sigue latente en Colombia con sus grupos paramilitares e involucra ahora a Argentina como plataforma regional de Israel. Se trata de un nuevo Consenso de Washington donde no hay ley que no sea la del más fuerte ni persuasión posible que no sea la militar: lo acabamos de ver en Irán, lo vemos en Corea del Norte e incluso en Yemen y es más que evidente en los caso de Rusia y China. 


Para sobrevivir bajo sus términos de primera potencia, los Estados Unidos parece convencido de que debe quemar el mundo y luce totalmente dispuesto a hacerlo. Es su manera de gobernar para sí el caos sistémico imprimiéndole más caos. De esto se trata el globalistán y tenerlo claro es condición necesaria para enfrentarlo y sobrevivirlo.          

jueves, 24 de julio de 2025

Trump y el globalistán. (1ra parte)




En poco más de cien días de su segundo mandato, Donald Trump se ha dedicado –entre otras cosas- a sepultar a la globalización neoliberal. Y en paralelo, a instaurar en su lugar otra forma de relacionarse y entender la relación de la (todavía) principal potencia con el resto del mundo: el globalistán. 


La mayoría de los analistas de izquierda y derecha no han caído en cuenta de esto, entre otras razones porque asumieron la globalización fukuyámicamente, es decir, como un desenlace natural e inevitable de la historia. Pero claramente no es el caso, siendo que no estamos asistiendo a un lapso o accidente tras el cual (con la llegada de otro gobierno gringo) pueda recuperarse la senda. La globalización, tal y como la conocimos, ya pertenece al pasado. Hemos entrado en el globalistán, que es el nuevo (des)orden surgido bajo el signo del capitalismo distópico, el nuevo Consenso de Washington impuesto al mundo. 


Y cuando decimos sepultar debemos entenderlo en el sentido pleno del término: el gobierno de Trump no está matando a la globalización. Esta ya venía ya venía malherida al menos desde 11 de septiembre de 2001, pero sobre todo tras la crisis financiera de 2008-09. El remate fue la pandemia de COVID-19. 


Érase una vez la globalización

La globalización tal y como la conocimos partía de varias premisas y al menos dos necesidades: la primera y más determinante necesidad fue la reproducción ampliada del capital, su tendencia innata a expandirse geográficamente e intensificarse maquínicamente en búsqueda de nuevas fuentes de riqueza. Mientras que la segunda necesidad fue la de garantizar la gobernabilidad dentro del marco de la tendencia anterior. En cuanto a las premisas, lo establecido el viejo Consenso de Washington hizo hincapié en la estabilización macroeconómica, la liberalización del comercio y las finanzas, la reducción del papel de Estado en nombre de la autorregulación del mercado y la constitución de gobierno liberales “democráticos” dedicados a garantizar lo anterior sopena ser castigados. 


Con esta receta los sucesivos gobiernos norteamericanos al menos desde Reagan en adelante, hundieron a la Unión Soviética y el socialismo real, al tiempo que erigieron a los Estados Unidos como potencia ya no hegemónica sino dominante, dominancia sostenida sobre la supremacía ideológico-cultural, la militar, la tecnológica y la económico financiera. En un sentido más amplio, el capitalismo dio la vuelta al globo –se globalizó- y convirtió de manera definitiva en un sistema planetario.


El problema para los Estados Unidos deviene ahora pues su indiscutible éxito a la hora de erigirse en potencia creó las condiciones para su ocaso y reemplazo. Se trata por lo demás en una tendencia histórica que marca el fin de todos los imperios. Le pasó a Roma en su momento y ha pasado sucesivamente en la larga duración del capitalismo histórico. Las antiguas ciudades-estados de la actual Italia (Venecia, Florencia, Génova, etc.,) fueron las encargadas de llevar al capitalismo fuera del Mediterráneo, hacia Europa y Asia, éxito tras el cual fueron reemplazadas por el Reino de Castilla y por los Países Bajos. Tras la caída de Constantinopla y el “descubrimiento” de América la ampliación capitalista se aceleró, lo que hizo que el centro de gravedad capitalista se desplazara a Inglaterra, cuna de la industrialización y del “Imperio donde jamás se oculta el Sol”. Pero ya entrando el siglo XX Inglaterra cedió su trono a su antigua colonia: Los Estados Unidos. Y tal parece que es lo que está pasando ahora, cuando los norteamericanos se ven forzados a ceder el podio a lo que siempre consideraron su taller de mano de obra barata: China.


Todas estas transiciones debidamente registradas y reseñadas por historiadores y expertos varios, se han dado de manera traumática: guerras, pestes, hambrunas, genocidios, crisis económico-financieras, etc. Pero tarde o temprano, terminan por producirse. La pregunta del millón en este momento es si los Estados Unidos podrá revertirla, y de ser el caso, que significa eso para el resto del mundo.


China: ¿de obrera a patrona?

Como explicamos en una nota anterior, los Estados Unidos y el capitalismo anglosajón en general entendieron a China desde un triple punto de vista: por un lado, un gran mercado virgen, con sus un mil millones de personas, por otro, como una fábrica gigante llena de mano de obra calificada mucho más barata que la de otras partes, en especial la de los propios países del capitalismo central empezando por Estados Unidos. Fue la famosa deslocalización de la producción, que llevó millones de puestos de trabajo y fábricas a China vaciando en el camino a otrora polos industriales como Detroit. Pero todo esto también tuvo una utilidad política: hacerle contra peso a la URSS primero y a Rusia después, aprovechando las diferencias ideológicas surgidas en su momento entre el bolcheviquismo y el maoismo.

       

Pero no fue China el único país del sureste asiático involucrado en esta dinámica geopolítica y geo económica. Los primeros fueron Corea y Japón, a los que luego se agregaron otros “tigres” como Taiwán, Tailandia, Vietnam y China. La diferencia fundamental con China -así como con Vietnam- es que el apoyo económico nunca se pudo traducir en tutelaje político-militar-policial, lo que sí fue el caso de todos los otros tigres que prácticamente funcionan como protectorados norteamericano-británicos.


El ejemplo por contraste de esto último es lo ocurrido con Japón en los 80, lo que también explicamos en la nota que referimos líneas arriba. En el momento en que empezó a insurgir Japón (y Alemania) como un polo industrial y económico capaz de desplazar a los Estados Unidos, estos replicaron con los Acuerdos de Plaza y una política económico-militar que castró de golpe el ímpetu nipón y condenó a su economía a un estancamiento secular en el cual todavía se encuentra. 


En efecto, en 1985 se produce en Nueva York una célebre cumbre que reunió a los responsables económicos de Francia, Alemania Occidental, Japón, el Reino Unido y Estados Unidos. Eran los tiempos del republicano Ronald Reagan, quien al igual que Trump tenía como intención “Hacer a América Grande Otra Vez” (de hecho, el lema es originalmente suyo). Muy en resumen, el shock provocado por el plan Volcker a comienzo de la década de los 80, tuvo efectos ambiguos sobre la economía norteamericana. Como todo plan de ajuste severo tuvo la “virtud” de hacer retroceder la inflación, pero a costa de un aumento del desempleo y la precarización del poder adquisitivo lo que se tradujo en mayor pobreza y delincuencia. El gran ganador de la contienda fue el sector financiero norteamericano, que por la vía del aumento de las tasa de interés recibió en sus arcas una lluvia de dólares de todo el mundo, lo que en buena parte explica –dicho sea de pasada- el Viernes Negro de 1983 en Venezuela. 




Pero este aumento de las tasas de interés que convirtió a la banca norteamericana en una aspiradora global de riqueza, tuvo un efecto colateral: la sobrevaluación del dólar con respecto a las monedas de las otras principales economías mundiales, lo que se tradujo en una pérdida de competitividad de la industria norteamericana, en especial frente a Alemania y Japón, otrora sus enemigos durante la Segunda Guerra Mundial y luego sus principales aliados durante la guerra fría en el marco de la estrategia de contención del comunismo mundial. Por esa vía, los Estados Unidos comenzó a vérselas con un gran déficit por cuenta corriente que no hacía más que aumentar, mientras Japón y Alemania presentaban superávits importantes crecientes a la vez que le quitaban mercados a lo largo y ancho del mundo. 


Estamos hablando de la época en que todo el mundo tenía la sensación de que –como ahora pasa ahora con China- casi todas las mercancías globales se hacían en Japón o Alemania y ya no Made in USA. Lo que nos lleva de nuevo al Acuerdo. Y es que tras la cumbre en el mencionado hotel se suscribió el denominado Acuerdo de Plaza, consistente en la decisión de intervenir de manera coordinada y “acordada” en los mercados cambiarios para depreciar el dólar estadounidense frente al franco francés, el marco alemán, el yen japonés y la libra esterlina británica. 


Y decimos “acordada” porque el Acuerdo de Plaza tuvo más de chantaje que de acuerdo. Más que aliados, tanto Alemania como Japón –los principales afectados por el “acuerdo”- funcionaban en la práctica como protectorados norteamericanos, llenos como estaban de bases militares y todas las redes de espionajes propias de la guerra fría. Así las cosas, lo que alemanes y japoneses recibieron a cambio de revaluar sus monedas y hacer menos competitivas sus exportaciones fue mayor “protección” de los Estados Unidos frente al comunismo. 

 

La coordinación surtió efecto. Desde entonces y hasta finales de 1987, el dólar se depreció entre un 50 y un 55% contra el marco y el yen, tal y como espera ocurriera la Casa Blanca y la Reserva Federal. Pero el éxito de los intereses norteamericanos supuso un pesado lastre para sus socios. La célebre competitividad alemana empezó a resentirse desde entonces, el proceso de desindustrialización francés e inglés se aceleró y Japón cayó en un espiral de crisis que incluyó el estallido de una burbuja inmobiliaria y posteriormente lo sumió en un letargo económico del cual jamás ha podido recuperarse. 


Ahora, el detalle aquí es que el acuerdo haya sido exitoso para los intereses norteamericanos, no significa que se haya traducido en un renacimiento de la industria Made in Usa. De hecho, pasó exactamente lo contrario: la desindustrialización se agudizó de la mano de la descolocación de la producción, pero no ya hacia Japón, Francia o Alemania sino hacia los tigres asiáticos incluyendo China, todo lo cual nos lleva al auge y caída de los globalización y al momento actual donde esta última está siendo desplazada por el globalistán. Pero eso lo abordaremos en la segunda parte de esta nota.   


miércoles, 25 de junio de 2025

Cómo eliminó Israel al Alto Mando Militar iraní en menos de 48 horas (una hipótesis)



En este espacio hemos hablado ya de Palantir, pero al parecer nunca es suficiente.

Palantir es una empresa de datos fundada en 2023 por Peter Thiel y otros socios, la mayoría judíos,  para concentrarse en labores de inteligencia militar, policial y corporativa.

Que haya surgido en 2003 no es casual, pues lo que hizo fue aprovechar la coyuntura abierta por los “atentados” de 2001. Así las cosas, desde el inicio contó con financiamiento del Departamento de Estado y de la CIA.

Se dice de Palantir que su software estrella Gotham (inspirado en las herramientas tecnológicas usadas por Batman para cazar a los malos de Gótica y que vemos de manera muy clara en la versión de 2012 The Dark Knight de Nolan) fue el que se usó para ubicar y matar a Bin Laden.

El nombre de Palantir, por cierto, es tomado de El Señor de los Anillos, en la historia de Tolkien son unas piedras que los Elfos usan para saber los pasos de los enemigos y eventualmente predecir el futuro.

Palantir es la principal empresa que soporta tecnológicamente la guerra inteligente aplicada por Ucrania contra Rusia.

Es la principal empresa de soporte tecnológico en el genocidio inteligente adelantado por Israel contra la población de Gaza.

Es también el principal soporte tecnológico de la cacería contra inmigrantes adelantada por el gobierno norteamericano.

Y en general contra quienes critican las políticas de Trump, sean estudiantes de Harvard o ciudadanos de a pie.

Es tan profundo el lazo de Palantir con el gobierno norteamericano que uno de sus más altos ejecutivos acaba de ser asimilado como Teniente de un Cuerpo de Élite del ejército norteamericano (junto a otros de Meta, Google y Open AI). Y se dice que la noche que Trump autorizo el bombardeo sobre Irán cenó primero con Peter Thiel. 

Lo que nos lleva al punto: y es que según Bloomberg,Palantir es la empresa que soporta el monitoreo que hace la Agencia Internacional de Energía Atómica del programa nuclear iraní.

Es decir: Palantir sabe no solo sabe dónde está cada cosa y dónde está cada quien del programa nuclear iraní, sino que, por extensión, tiene la capacidad –al menos potencial- de monitorear todo lo que pasé en Irán y de rastrear cualquier objetivo.

Como de hecho lo hace en la Palestina ocupada.

Así las cosas, nada tendría de raro que el soporte de Inteligencia Artificial necesario para la ubicación y eliminación en simultáneo de prácticamente todo el Alto Mando Militar iraní en menos de 48 horas además de los principales científicos asociados al programa nuclear haya sido proporcionado por Palantir.

Por Palantir y la propia Organización Internacional de Energía Atómica. Recordemos que días antes de los acontecimientos bélicos, mediante una operación de inteligencia Irán logró filtrar documentos secretos israelíes que entre otras cosas demostraban la cooperación del argentino que preside la OIEA con Israel suministrando directamente información a este último del programa nuclear iraní.  

No tenemos pruebas: pero tampoco dudas.     

viernes, 20 de junio de 2025

Irán y la lucha por la no extinción

 



"Si realmente deseas la paz, prepárate para la guerra."

Criaturas: Línea de extinción (Elevation) trata sobre un grupo de sobrevivientes al ataque de unas extrañas criaturas llamadas Reapers (segadores) que en algún momento surgen debajo de la Tierra aniquilando al 95% de la población mundial. No está claro su origen ni por qué acaban con los humanos. Tampoco qué son exactamente: organismos vivos, máquinas, un cruce de ambas cosas, terrestres o extraterrestres… El caso es que quienes sobrevivieron a ellos lo hicieron en alta montaña porque por algún motivo que no se explica en la película, no suben más allá de los 2.400 metros. Por esta razón, los sobrevivientes trazan una línea blanca en el piso a dicha altura tanto para saber de dónde no pasan los reapers como también y sobre todo a partir de dónde ningún humano debe bajar so pena de ser exterminado.


En uno de esos pueblos situado en las montañas de Colorado vive un padre viudo llamado Will, cuyo hijo sufre de una deficiencia respiratoria que lo obliga a consumir unos medicamentos ya pronto a acabarse. Esto implica que en algún momento debe bajar a la ciudad abandonada más cercana a reabastecerse, pues caso contrario su hijo morirá. Claro que el problema es que de bajar las posibilidades de sobrevivir son prácticamente nulas ya que los reapers controlan la zona. Pero si no lo intenta su hijo morirá irremediablemente. Ante el dilema no duda: decidido a bajar se prepara y busca refuerzos. 


Su refuerzo inmediato es Nina, una científica solitaria y alcoholizada que trata infructuosamente -y de manera rudimentaria dadas las condiciones de trabajo- de crear algún arma que mate a los reapers. No se la llevan bien. A Nina le consume el odio contra los reapers que mataron a su familia mientras que Will la culpa de la muerte de su esposa. Sin embargo, la necesita por su preparación militar e inteligencia. 


Ahora bien, cuando están a punto de bajar aparece una conocida de ambos llamada Katie, quien se suma a la misión no solo por solidaridad sino porque busca convertirla en una causa colectiva, esto es, que no solo tenga como propósito encontrar las medicinas sino también la manera de combatir a los reapers. Will se opone porque piensa que ello pone en peligro su plan original: salvar a su hijo. Pero ambas logran convencerlo con dos argumentos muy convincentes: que por más medicinas que consiga no podrá abastecerse lo suficientes como para no volver a bajar, por lo cual, de tener éxito, solo habrá ganado tiempo. Y el segundo: que finalmente no hay garantías de que los reapers no superen en cualquier momento los 2 mil 400 metros, lo que supondría la extinción definitiva de los humanos incluyendo a su hijo. 


Lo determinante del debate entre Nina, Katie y Will es que ambas le hacen caer en cuenta que la nueva normalidad a la cual se aferraba Will no representaba ninguna garantía. Ciertamente, no era poco haber sobrevivido al exterminio inicial. Pero permanecer aislados en medio de carencias y con el miedo recurrente propio de las presas no solo no era una manera de vivir sino además una peligrosa ilusión. Un día cualquiera los reapers podían traspasar la cota de los 2 mil 400: la línea de exterminio. ¿Qué harían en ese caso? Sin  armas para combatirlos ni lugar donde esconderse ¿cuál es el plan? ¿Dejarse matar? Había que anticiparse a la extinción por arriesgado que fuera: “no caer sin dar la pelea”, era el punto de Nina y Katie. 


A mi modo de ver esta disyuntiva y la manera como la enfrentan los protagonistas, es lo que convierte a Línea de Extinción en una gran película, porque en cuanto tal captura la disyuntiva que la humanidad enfrenta en este momento y que vemos de manera muy clara en la actual guerra desatada tras la agresión de Israel contra Irán. 


Al momento que se escriben estas líneas no está claro en qué terminará esta historia. El certero ataque israelí que descabezó dos veces el Alto Mando Militar y científico persa hizo temer la caída del gobierno iraní, más sin embargo, éste ha sabido sobreponerse al punto de tener acorralado al sionismo e infligir daño a su infraestructura como nunca antes. De hecho, de no mediar la amenaza estadounidense y no temerse un suicidio atómico de Israel que se llevaría a medio planeta consigo, es plausible pensar que dado su pequeño tamaño y concentración de infraestructura a estas alturas ya Irán lo hubiese arrasado de proponérselo. 


Ahora, no solo es claro que el gobierno iraní subestimó la amenaza sionista asumiendo que no sería atacado mientras estuviera negociando (lo que en parte explica la facilidad con que descabezaron en las primeras horas a su Alto Mando, buena parte de los cuales se encontraban en sus casas al momento de ser asesinados), sino también que a la larga fue víctima de la ilusión de creer que negociando y cediendo alcanzaría neutralizar a sus enemigos. Desde este punto de vista, el gobierno iraní parece haber cometido el mismo error que en su momento le costó el país y la vida a Gadafi, apostando desde la salida y la persecución contra Ahmadineyad y su ala “radical”  a una línea conciliadora que a la larga lo puso en una situación de vulnerabilidad. Incluso hay quienes sostienen que los asesinatos de Soleimani en 2020 y el de Nasralá en 2024, solo fueron posibles al ser “vendidos” desde el propio Irán por sectores del gobierno que los veían como obstáculo a su apuesta de convivencia, sacrificando el Eje de la Resistencia en un acto de lavado de imagen como también puede haber sido el caso de su abandono a Asad. Si ese fue el caso –como más de un indicio permite pensar- se ven ahora las consecuencias: con los islamistas pro-sionistas en Siria esta última ya no le brinda cobertura y sin un Hezbolá 100% activo Israel puede operar con mayor impunidad pues no teme incursiones terrestres. 


Incluso la pasividad iraní ante el genocidio en Gaza entra en esta ecuación. Recordemos que durante los dos últimos años solo intervino contra Israel como respuesta bastante fría y en buena medida simbólica a un bombardeo que ahora sabemos fue de medición de su capacidad de respuesta, siendo que era evidente que los sionistas se estaban haciendo fuertes y que asesinaron a otros líderes militares y diplomáticos iraníes claves. Todo lo contrario a Rusia, que desde su intervención en Siria en los años más cruentos de la guerra civil y luego en Ucrania tiene claro que retroceder ni confiar son opciones pues lo que se está jugando es la existencia ante entes que clara y manifiestamente quieren destruirla. Ni hablar de Corea del Norte, que ante la certeza bastante sensata de que en cualquier momento serían destruidos optaron por armarse hasta los dientes. No es el mundo que uno quiere, pero la opción a eso es quedar a merced del fascismo distópico que va uno a uno volviendo inviables los países y regiones que le apetece. 


Lo que nos trae de nuevo a Línea de extinción, pues la lección que Tina y Katie dan a Will, es que ni esperar que no pase nada ni esconderse indefinidamente son opciones: ni garantizan que nada te pase ni son formas dignas de vivir. La opción es desarrollar capacidad defensiva y de respuesta para que tus enemigos te teman tanto como tú le puedes temer a ellos. 


Por eso seguramente de acá en adelante Rusia no parará hasta “desnazificar” Ucrania, pues entiende que lo contrario es darle un segundo aire tal y como pasó cuando los acuerdos de Minsk. Pakistán –que no es un aliado histórico de Irán- ha salido en su defensa pues tiene claro que de caer, ellos serán los próximos. Es la misma cuenta que saca China. Y la que debemos asumir nosotros como país y como región: con un Esequibo como ariete del fascismo distópico que en cualquier momento puede prenderse, un enclave paramilitar delincuencial tomando fuerza en Ecuador, uno en Colombia por ahora en stand by pero no neutralizado, un experimento de Apartheid masivo en El Salvador y un nido sionista en franco crecimiento por el sur del continente. Todo eso por no hablar para el caso venezolano de una agitadora terrorista que no conforme con llamar a estrangular económicamente al país, ahora llama abiertamente a bombardearlo, terrorista cuyo partido tiene un convenio de cooperación con el de Netanyahu.  


Los reapers del mundo están desatados y no pararán al menos que los detengamos, debemos apostar a la razón amorosa con nuestros semejantes para que los lazos sociales no se desintegren y la humanidad siga siendo humanidad, pero parafraseando al viejo Maquiavelo, que nuestros enemigos nos teman no está demás: eso es lo único que nos salvará. Afortunadamente, los iraníes se han repuesto de sus errores y las trampas que le tendieron y están dando la pelea de manera admirable en el entendido que lo que se juegan es la existencia. Más de una son las cosas del régimen iraní que pueden no gustarnos, pero por el futuro de la humanidad todas las personas de bien apostamos a la victoria de la Nación Persa.       


Venezuela y el corolario Trump (1ra parte)

Por Luis Salas Rodríguez para La Nueva Normalidad Nota previa : ¿Es inevitable una acción militar del gobierno norteamericano contra Venezue...