lunes, 25 de agosto de 2025

Venezuela y el corolario Trump (1ra parte)



Por Luis Salas Rodríguez para La Nueva Normalidad

Nota previa: ¿Es inevitable una acción militar del gobierno norteamericano contra Venezuela? En sentido estricto, y al menos que uno cuente con información clasificada (que no es mi caso), se necesitan dotes de adivinación para responder a esta pregunta. Pero en sentido amplio la respuesta luce mucho más clara. 

Y es que más allá de los movimientos de tropas reales o no, hay una variable importante a considerar: y es que Trump tiene y es cabeza visible de un plan, plan que no pasa por luchar contra el narcotráfico o restaurar la democracia.

Como se ha dicho, ambas "razones" son la versión para Venezuela de las armas de destrucción masiva iraquíes o las nucleares iraníes, restos de una propaganda cada vez menos necesaria y cada vez menos creíble en un mundo donde la legalidad internacional está suspendida de facto.

Y tampoco, por cierto, es un plan que se limite a Venezuela. El problema es que Venezuela está atravesada en el avance de dicho plan en lo que a Latinoamérica refiere y por eso todos los cañones políticos y al parecer ahora los militares se orientan hacia ella.

Lo que de suyo no es nuevo, ciertamente, pero el punto acá además de la escalada es que de caer Venezuela la onda expansiva abarcaría a toda la región en un proceso de balcanización que es lo que aquí llamamos el globalistán.

Dicho en resumen, el globalistán es el nuevo (des)orden mundial postglobalización como respuesta a las contradicciones, costos y amenazas que para la hegemonía norteamericana implicaba el mundo globalizado tal y como lo conocimos a partir de los años 80. Y para la instalación del globalistán ha sido necesario un ajuste o repotenciación de la Doctrina Monroe, donde no solo Latinoamérica es concebida como el Lebensraum y patio trasero de los Estados Unidos, sino que es el mundo entero el que pasa a ser concebido de dicha manera. 

Es a ese ajuste a lo que aquí denominamos el Corolario Trump, ajuste a partir del cual donde antes decía "América para los (norte)americanos" ahora debe leerse: "El planeta entero para los (norte)americanos", 

E inclusive el espacio exterior, a tenor por lo expuesto por Trump en el acto de investidura de este su segundo mandato a comienzos de este año cuando revivió aquello de El Destino Manifiesto.

Así las cosas, los reciente movimientos de acoso del gobierno norteamericano contra Venezuela, más allá de los corazones u opiniones de cada quien y las particularidades del caso, hay que leerlo sobre este marco, lo que entre otras cosas significa que al igual que lo que ocurre en Palestina, no se trata un problema que incumba solo a las venezolanas y a los venezolanos, sino a toda Latinoamérica y El Caribe y en general a toda la humanidad sensata.

Cómo llegamos a este punto donde entre otras cosas para los Estados Unidos ya no existen socio sino enteramente lacayos es lo que procuraremos narrar en lo que sigue. 

 

La Doctrina Monroe: los orígenes.  

El quid de la Doctrina Monroe formulada por el presidente estadounidense James Monroe el 2 de diciembre de 1823, es la noción implícita de Lebensraum, espacio vital, sin embargo acuñada como tal unas décadas más tarde por el geógrafo alemán Friedrich Ratzel y aplicada como política por los nazis.


Lo que esto significa es que, aunque no se le denominara tal cual, la noción de “espacio vital” es lo que se encuentra detrás de aquello de “América para los americanos”, como claramente entendió Simón Bolívar en el marco del Congreso Anfictiónico de Panamá en 1826.


Es decir, la idea no era garantizar que los europeos y otras potencias no intervinieran en el continente americano a fin de respetar la soberanía y autodeterminación de los pueblos, sino garantizar que no lo hicieran en razón de que no invadieran el espacio vital de la entonces naciente potencia norteamericana. 


El término Lebensraum desarrollado como teoría, supone que todas las especies, incluyendo la humana, están determinadas por su adaptación a las circunstancias geográficas. En este sentido, Ratzel consideraba la migración de las especies como un factor crucial en la adaptación social y el cambio cultural, en la medida que las especies que se adaptaban con éxito a un lugar tenderán  naturalmente a expandirse hacia otros. De hecho, argumentó que, para mantenerse saludables, las especies deben expandir continuamente el espacio que ocupan, ya que la migración es una característica natural de todas las especies, una expresión de su necesidad de espacio vital. Este proceso también aplica a los humanos, que operan colectivamente en forma de pueblos (völker). Ahora bien, cuando este proceso ocurre y en la medida en que la expansión se hace sobre territorios no despoblados, entonces pasa que necesariamente un pueblo (völk) conquista a los que se encuentra en su camino, lo que implica subordinarlos, asimilarlos, exterminarlos o una mezcla de todo lo anterior.


Es de por sí lo que por siglos habían hecho muchos imperios, incluyendo el romano y los españoles en Latinoamérica.


A la par de ello, siempre según Ratzel, la nación conquistadora avanza colonizando el nuevo territorio, entendiendo por tal el establecimiento de enclaves de colonos, enclaves que convertidos en avanzada es la mejor manera de asegurar y en la medida de lo posible hacer irreversible la conquista. 


En el momento en que Monroe formula la doctrina que llevará su nombre, los Estados Unidos no tenían el poder suficiente para competir con las otras potencias a efectos del control de todo el continente americano, si bien habían derrotado a los ingleses en su propia guerra de independencia. Pero eso no evitó que poco a poco fueran expandiendo y asegurando su “especio vital”: en 1846 invaden México y la despojan de la mitad de su territorio, en el marco de su estrategia de expandirse hacia el sur y el Pacífico, lo que en paralelo también supuso la conquista, desplazamiento y exterminio de los pueblos aborígenes norteamericanos en la tristemente célebre conquista del oeste. 


Años después se harían con Puerto Rico y se inventarían Panamá, donde los franceses tenían el proyecto de construir un canal. Es lo que se conoce como “el corolario Hayes”, en alusión al presidente norteamericano Rutherford Hayes, quien en 1880, siguiendo el razonamiento según el cual Caribe y Centroamérica formaban parte de la “esfera de influencia exclusiva” de los Estados Unidos, estableció el control absoluto de éste “sobre cualquier canal interoceánico que se construyese para evitar la injerencia de imperialismos extra continentales en América”. En base a ese principio apoyaron al separatismo panameño y se hicieron con el proyecto de construcción del canal bajo su control y mando. Lo que no solo garantizó que no lo hicieran otras potencias foráneas (Francia o Inglaterra), sino que sepultó las pretensiones bolivarianas que dieron origen a la Gran Colombia, pretensiones ya heridas de muerte tras la separación de Venezuela y Ecuador en 1830, mismo año de la muerte de Bolívar.


Y es que ampliar y asegurar el espacio vital también pasa por eso: tanto evitar te lo invadan potencias foráneas como que surja alguna a lo interno del mismo.


El Destino Manifiesto: su complemento. 

Valga destacar que no es un dato menor que la formulación histórica de la Doctrina Monroe y sus corolarios como desarrollo de la visión de Latinoamérica y El Caribe como Lebensraum  de los Estados Unidos coincide –y no por casualidad- con el de la Doctrina del Destino Manifiesto. Lo que entre otras cosas no solo explica la manera como desde el norte miran para el sur, sino la afinidad y simetría histórica entre Estados Unidos e Israel.


A este respecto, recuérdese que el mito fundacional norteamericano es básicamente el mismo que el sionista: según la mitología de fanatismo religioso que les da origen a ambos proyectos colonizadores, se trata de pueblos “elegidos por Dios” que, perseguidos, cruzaron el mar (el Rojo en el caso de Israel, el Atlántico en el caso de los peregrinos ingleses que fundaron los Estados Unidos) buscando una “Tierra Prometida” que en ambos caso estaba ya ocupada por nativos, muchos de los cuales, en un primer momento, los recibieron sin oponer resistencia y, de hecho, evitaron se murieran de hambre, como atestigua el tergiversado mito del Día de Acción de Gracias. Como sabemos, esto no evitó que luego esos mismos colonos los desplazaran y exterminaran, de la misma manera como los israelíes están haciendo en Palestina y el Medio Oriente en general, pues al ser “los pueblos elegidos de dios” se abrogan ese derecho.


Como lo dijo expresamente John L. O'Sullivan, quien acuñó la expresión de Destino Manifiesto en 1845: “El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino.”


El día de su investidura para este segundo mandato, Donald Trump literalmente revivió la doctrina del Destino Manifiesto aunque agregando un corolario: "llevarlo hasta las estrellas, con el establecimiento de colonias en Marte por parte de astronautas que plantarán la bandera de la barra y estrellas". Suena a palabrería, pero tras ello existe el convencimiento de un nuevo ajuste en la tuerca de los Estados Unidos en cuanto Imperio que, naturalmente, antes de colonizar el espacio extraterrestre debe asegurarse primero el control del espacio terrícola, ya que en buena medida es una condición de posibilidad. Ya hemos hablado aquí antes sobre eso (por ejemplo acá y acá) y sus implicaciones. Pero es necesario seguir haciéndolo en este caso a propósito de la agudización del acoso contra Venezuela.    

jueves, 21 de agosto de 2025

La increíble (pero verídica) historia del Cartel de las Barras y las Estrellas.



Por: Luis Salas Rodríguez. 

En estos días, al calor de las movilizaciones militares y políticas del gobierno de Donald Trump contra países latinoamericanos bajo la excusa de la lucha contra el narcotráfico, ha salido a relucir el Fuerte Bragg.


Ubicado en Carolina del Norte, se trata de un ícono de las fuerzas armadas estadounidense. No solo es la base militar más grande dicho país y una de las más grandes del mundo sino también sede de varias de sus unidades y cuerpos más emblemáticos, como las fuerzas especiales Delta, los Boinas Verdes, la 82.ª División Aerotransportada y el Centro de Operaciones Psicológicas del Ejército.


Otra célebre instancia con sede en Fort Bragg es la infame Escuela de las Américas, a donde se le trasladó tras su salida de Panamá. 


Recientemente, unidades de Fuerte Bragg fueron desplegadas al sur de los Estados Unidos en operaciones para la detección y captura de inmigrantes ilegales


Y ahora, según diversos medios y voceros, es uno de los puntos neurálgicos de las operaciones a emprender contra -siempre según dichos medios y voceros- los carteles de la droga en el Caribe y Suramérica. 


Pero antes de entrar en esto último no podemos dejar pasar por alto la historia del Fuerte Bragg. O, para ser más específicos, de su nombre.  


Aunque en sentido estricto en cuanto emplazamiento militar existe desde el siglo XIX, el nombre de Fuerte Bragg le fue dado durante su reapertura en el marco de la primera guerra mundial en homenaje a Braxton Bragg, un esclavista y supremacista blanco que peleó junto al bando confederado alcanzando el rango de Coronel. El fuerte llevó ese nombre hasta 2021, cuando tras la muerte en 2020 del afroamericano George Floyd a manos de la policía, las protestas obligaron a reevaluar los lugares que llevaban nombres de miembros de la Confederación. El cambio fue ordenado por el Congreso en 2021, denominándosele a partir de entonces Fort Liberty.


Nombre que mantuvo hasta febrero de este año, cuando fue cambiado por instancia del nuevo Secretario de Defensa Peter Hegseth de nuevo a Fuerte Bragg. 


Recuperar el nombre original fue literalmente un propósito de Hegseth desde su primer día en el cargo. "Deberíamos volver a cambiarlo, porque el legado importa", dijo en una entrevista. "Mi tío sirvió en Bragg. Yo serví en Bragg. Rompe un vínculo generacional". 


Sin embargo, dicho propósito chocaba con un problema: la ley de 2021, que, como dijimos, prohibía los nombres de supremacistas blancos confederados para las instalaciones militares. Así las cosas, la vuelta que le dieron fue renombrarlo Bragg pero ya no en alusión a Braxton Bragg sino a Roland L. Bragg, un desconocido soldado nativo de la zona que prestó en la Segunda Guerra Mundial. Roland L. Bragg recibió una medalla al mérito por sus acciones de valentía durante dicha guerra, pero todo el mundo estaba claro que, en realidad, no era en su nombre que se renombró la base. De haberse apellidado Smith, Porter o cualquier otro no habría tenido el honor: su suerte fue llevar el apellido Bragg y, vacío legal mediante, servir de interpuesta persona para llamar al fuerte de nuevo Bragg en honor a Braxton Bragg –con el cual no mantenía ningún vínculo de sangre- sin infringir la ley. 


Al momento de firmar la orden Hegseth lo dejó claro: "el fuerte Bragg está de vuelta".


Ahora, ¿tiene algo que ver todo esto con la ofensiva de Trump contra Venezuela? 


En realidad nada y mucho. Nada porque en sentido estricto una cosa no tiene que ver con la otra. Pero mucho porque la historia reitera las ironías y no poco cinismo detrás de la narrativa del Cartel de los Soles. 


Y es que recientemente, un libro del periodista Seth Harp de la Revista The Rolling Stone, titulado  The Fort Bragg Cartel: Drug Trafficking and Murder in the Special Forces, revela cómo las fuerzas especiales más secretas y de élite del ejército norteamericano están muy involucradas en el narcotráfico. 


El libro también analiza cómo la intervención militar estadounidense a menudo estimula la producción de drogas, incluso en Afganistán, que se convirtió en el mayor narcoestado del mundo durante los 20 años de ocupación estadounidense, siendo que la mayor parte del narcotráfico y la producción de drogas lo llevaban a cabo caudillos, jefes de policía, comandantes de milicias, que estaban en la nómina de Estados Unidos en una estructura corrupta.


Lo que esto significa es que mientras en la superficie de las narrativas dominantes Fort Bragg se muestra como base de operaciones en la lucha contra el narcotráfico, por debajo, en realidad real, es una base de operaciones del narcotráfico en los Estados Unidos.


Recordemos, por ejemplo, que en dicho fuerte se formó el sanguinario Cartel de los Zetas, originalmente un grupo comando de la marina mexicana creado para el combate al narcotráfico y que a las primeras de cambio desertó para convertirse en Cartel.


Y con dicho fuerte tuvo vinculación Barry Seal, el célebre aviador al servicio de la CIA para el transporte ilegal de armas a la contra nicaragüense quien una vez que las dejaba regresaba a los Estados Unidos cargado con drogas del Cartel de Medellín, todo bajo el conocimiento de los servicios secretos y alto gobierno norteamericanos. Incluso hay una película protagonizada por Tom Cruise American Made que cuenta su historia.


Otro vinculado con Fort Bragg fue Frank Lucas, traficante acusado de introducir e inundar las calles de Nueva York con heroína proveniente de Laos y Camboya durante los 60 y 70 del siglo pasado, heroína transportada en aviones militares  dentro de las bolsas con los cadáveres de soldados norteamericanos muertos en Vietnam. Fort Bragg era un de los sitios dónde aterrizaban. También hay una película que cuenta esa historia, en este caso protagonizada por Denzel Washington American Ganster


En fin, no habrá evidencia de la existencia del Cartel de los Soles, pero sí mucha de la existencia de uno con Barras y Estrellas. 


miércoles, 20 de agosto de 2025

¿Es inminente una acción militar del gobierno norteamericano contra Venezuela?




En sentido estricto, este suele ser el tipo de cosas de las que no se puede estar seguro hasta que pasan, de tal modo que todo lo que la mayoría diga al respecto es especulativo en grado sumo, por lo general manifestaciones de deseo en una u otra dirección.


Ahora, hay cuestiones, hechos y situaciones que permiten determinar cuál opción es más probable. 


Desde este punto de vista, no es correcto interpretar los movimientos norteamericanos como un fake, como una cortina de humo dirigida a distraer la atención de su crisis interna, que es la hipótesis que manejan algunos influencers y analistas de redes. Una cosa es que lo del cartel de los soles sea un fake, e inclusive, que el gobierno norteamericano tenga la necesidad de desviar la atención con respecto a otros asuntos. Pero el problema con esta hipótesis es que subestima la envergadura del problema.


Así las cosas, más que un fake ante lo que estamos es ante el armado o reimpulso de una narrativa muy peligrosa que pasa por acentuar el carácter de “amenaza inusual y extraordinaria” con el cual  el gobierno de Obama en 2015 catalogó a Venezuela en 2015. Narrativa que busca justificar ex-ante cualquier acción agresiva contra el país, entre otras cosas, sin pasar por la burocracia de ser aprobada por el Congreso norteamericano, como dictan las leyes gringas. 


Se trata de una narrativa que viene siendo construida meticulosamente con la colaboración pública, notoria y comunicacional del sector más extremista de la oposición venezolana. Narrativa que con el retorno de Trump a la Casa Blanca sufrió un giro argumentativo importante, dentro el cual la migración venezolana pasó de ser una población victimizada y por tanto necesitada de atención, a una población estigmatizada y por tanto objeto de persecución.


Todos lo hemos visto: hasta no hace mucho, a los ojos de las corrientes hegemónicas los migrantes eran víctimas del “régimen” chavista. Ahora, en la nueva trama armada por el Departamento de Estado y sus cómplices nacionales, son algo así como sus agentes infiltrados que ya no tendrían como propósito “escapar del régimen” sino agredir en su nombre a los Estados Unidos. La guinda es lo del cartel de los soles: Venezuela no solo inunda a los Estados Unidos de gente peligrosa que sigue órdenes de Maduro, sino también de drogas. 


Desde luego que nada de esto es cierto, que no solo carece totalmente de evidencia que lo respalde sino que, de hecho, va en contra de cualquier mínima evidencia existente, como el que entre el 80 y 90 por ciento de la droga que entra a los Estados Unidos lo hace por el Pacífico, según los reportes oficiales de la ONU. También viola el sentido común: y es que cualquiera que lo piense un poco concluye sin mucho esfuerzo, que más haría el gobierno norteamericano desplegando tropas y toda su tecnología de rastreo post 11 de septiembre en sus fronteras para evitar que la droga ingrese, o hacerlo en sus ciudades para perseguir aquella que ya ingresó. Es lógica simple, no hay que ser un genio ni un analista súper dotado para saberlo.


El problema es que esta racionalidad basada en la lógica, el sentido común y la evidencia empíricamente comprobable, ya no aplica en esta era regida por la posverdad y en la que la ley del más fuerte ha venido sustituyendo a las normas más básicas. Lo vemos en Palestina y lo vimos hace un par de meses en Irán.  


Por eso la trama que se ha venido armando contra Venezuela más que un fake es una narrativa, o como se decía antes, una matriz de opinión montada sobre elementos falsos pero que, en su conjunto, buscan producir un efecto de verdad, que es la verdad del perpetrador: se lo hago porque se lo merece. Y en todo caso, si no se lo merece igual se lo hago porque puedo hacerlo. Es la lógica gansta propia del nuevo orden internacional post Trump, post Netanyahu y sus mini-yo periféricos y de orilla como Miley, Bukele y la eterna aspirante María Corina Machado.


Así las cosas, volviendo a la pregunta del principio y para no repetir el desliz iraní que un día se durmieron pensando que nada pasaría y casi fueron exterminados en una noche, en situaciones como estas aunque no sepamos lo que va a pasar, es mejor actuar pensando en el peor de los escenarios. 

A todas estas, un dato no menor es que los Estados Unidos en sentido estricto tampoco tiene necesidad de hacer un despliegue de esas magnitudes contra Venezuela, pues de facto Venezuela está rodeada por bases militares norteamericanas. Tal vez lo que buscan con el despliegue es desencadenar un incidente de bandera falsa tipo golfo de Tonkin, con lo que hay que tener mucho cuidado. En todo caso y por suerte, todo indica que el gobierno más allá de los influencers no está confiando que solo se trata de un fake.   


Venezuela y el corolario Trump (1ra parte)

Por Luis Salas Rodríguez para La Nueva Normalidad Nota previa : ¿Es inevitable una acción militar del gobierno norteamericano contra Venezue...